Adrián Schleske
Este incidente sucedió el año pasado, en mi tercera junta de trabajo al frente de la jefatura, cuando tenía veinticinco años, una noche de abril calurosa y polvorienta:
La secretaria particular —una gorda envidiosa— nos dijo que la directora quería vernos; faltaban quince minutos para salir y esta noticia me fastidió. El subdirector, la abogada, la otra jefa de departamento y yo entramos a la lujosa oficina. La directora nos explicó que esta reunión obedecía “estrictamente a cuestiones institucionales”; en seguida se sirvió agua natural con rodajas de limón, abrió las ventanas y se paró frente a nosotros. Comenzó su arenga increpando al subdirector: “Eres la sirvienta mejor pagada en esta dependencia. Te pido un maldito oficio en todo el día y lo haces mal, ¡no es posible Valdez!” A pesar del aire acondicionado, una sensación de bochorno revoloteaba por la oficina y parecía rebotar en las cuatro paredes y los plafones. La otra jefa de departamento, sentada a mi lado, en el sillón más alejado del escritorio de la directora, escribió en su cuaderno CUANDO LA MAESTRA ELENA EMPIEZA LA JUNTA DE PIE LAS COSAS ACABARÁN MAL PARA ALGUIEN LA CONOZCO BIEN. El subdirector, un viudo rabo verde, por ahí de los cincuenta años, movía las delgadas piernas de arriba abajo, sin soltura. De pronto, la directora se sentó junto a él, alzó el tono de voz y le arrebató la libreta de las manos. El subdirector tenía la frente empañada y sonreía de manera forzosa. Pero cuando aún no había acabado de estirar los cachetes, la directora apretó el puño y, con medido impulso, lo dejó caer sobre el cojín, muy cerca de la pierna izquierda del subdirector, que dejó de mover los pies. Entonces, la directora, añadiendo a su malintencionada arenga —sin argumentos para ello— que “los hombres deben aguantar la vara del nuevo feminismo”, lanzó violentamente un manotazo sobre la cabeza medio calva; ante cada excusa de aquél, un manotazo, cuyo impacto resonaba a ciertos metros de distancia, sobre todo si la puerta estaba abierta, como era el caso. La abogada ni se inmutaba. La otra jefa de departamento tampoco. Pero yo, con la corbata encajada en el cuello, trataba de ocultar mis reacciones ante semejante escena. La diminuta mano femenina volvía a levantarse y a lanzarse sobre los cabellos ralos, una y otra vez, hasta que la directora, gracias a Dios, recibió una llamada telefónica. El subdirector, mientras tanto, no se atrevía a mirarnos; con la cabeza enrojecida y los hombros caídos, limpiaba sus lentes con una franela. La otra jefa de departamento volvió a escribir en el cuaderno ESTO NO ES MÁS QUE UNA MUESTRA DE OBEDIENCIA NO TE PREOCUPES ASÍ SON LAS COSAS EN ESTOS NIVELES YA NO PONGAS ESA CARA. Después de azotar el auricular, la directora nos indicó que debía asistir a otra junta, “mucho más importante que ésta”, con el director ejecutivo. “Valdezitos” fue el último en salir, porque recibió tal orden; cuando cruzaba el umbral de la oficina, no sé si avergonzado o indiferente por lo sucedido, escuché cómo el irritado cráneo recibía una vez más la visita de la pequeña mano.
La otra jefa de departamento —compartía oficina con ella, gustosamente: era guapa, inteligente y un par de años mayor que yo— me dijo: “No apagues tu computadora; cuando regrese del tocador, quiero hablar contigo”. Minutos más tarde, mi estimada homóloga arrastró la silla de vistas y cruzó las piernas, casi rozando las mías. “De vez en cuando, la maestra Elena, si está aburrida, si se le da la gana, irrumpe en la oficina de Valdez para repetirle la dosis que hoy has visto. Después de las seis de la tarde, cuando nuestros subordinados huyeron de aquí, no deja en paz a este hombre y los reveses en la pelona retornan con mayor fuerza. En fin, todos los mandos medios y superiores de la dirección conocen la situación de este pobre hombre, de suerte que las bromas pesadas y las exageraciones al respecto son el pan nuestro de cada día. Es normal que estés sorprendido, quizá un poco incómodo, pues eres un novato…” La interesante explicación —no por su contenido, desde luego, sino por la bella persona de la que provenía— fue interrumpida por los gritos del subdirector, que discutía exaltadamente, en la oficina contigua.
“¡Me tengo que fletar hasta que la señora ésta regrese!… ¡No sé, a las once!… Es una cuestión jerárquica, institucional, cuántas veces tengo que explicártelo ne-ni-ta… ¡Sí, sí, sí!, los jefes de departamento ya se pueden largar, pero yo no… Que qué, ¿todavía no acabas la tarea?, ¡cuando llegue verás!”
La otra jefa de departamento me dijo que no deseaba escuchar, otra vez, los altercados del subdirector. “Pobre Fernandita —agregó—, siempre paga los platos rotos”. También me preguntó si caminaría hacia al estacionamiento. Le dije que no, porque aún tenía trabajo pendiente; mentí, con objeto de saber qué más acontecería del otro lado de la pared…
Los gritos cesaron y prontamente el subdirector entró a mi oficina, sin lentes, con la corbata desanudada. “¿Todavía no te has ido, compañero? ¿No tienes que ir por tu novia?” Intenté decirle que rompí con ella hace un mes. Pero me quedé callado: noté que ansiaba hablar y hablar. “Lo de la junta —continuó— jamás me había pasado en el servicio profesional… ¡y no le pego a esa hija de la chingada porque soy un caballero! ¡Cómo me darían ganas de que fuera hombre para romperle la madre a esa chaparra quisquillosa, amargada, quijada de mingitorio! Pero… cuántas mujeres nos rodean, ¿te has dado cuenta? En la nómina del área hay veinticuatro gentes, ¡veinte son mujeres!, sólo estamos tú y yo, Roberto y Juan, ese cabrón de las copias”. En este punto, el subdirector apretaba ambos puños y sus ojos se encharcaban penosamente. “Estoy destrozado —prosiguió—, pero tengo que apechugar… mi hija, Fernanda, sólo me tiene a mí y debo sacar para la chuleta… Te ofrezco disculpas, compañero; entorpezco tus labores. Ya me voy”. Le dije que el trabajo no tenía ninguna importancia y que podía confiar en mí y quedarse el tiempo que se le antojara, al fin y al cabo la directora se hallaba en las oficinas centrales, lejos de aquí. En seguida la cara del subdirector adquirió una expresión menos deplorable, me dio una palmada en la espalda, al igual que dos socios, y salió.
Aunque el trato de la directora hacia mi persona seguía siendo bastante cordial, a partir de aquella reunión empecé a descuidar los deberes de mi cargo. Los errores en los que incurría cada vez más con espontánea negligencia, provocaban la irritación de mi “superiora inmediata”. Pero, no sé por qué motivo, ella apagaba los incendios que ardían en sus ojos, almacenaba los regaños que yo bien merecía y se desquitaba, por fortuna o por desgracia, con el subdirector, ¡con quién más! Sin embargo ¿quién me aseguraba que algún día ese cúmulo de paciencia y de consentimiento no estallaría de modo irreparable sobre mi cabeza? ¿Algún infortunado día, cuando el subdirector no estuviera a la mano, y el enojo y las ganas de golpear fueran incontrolables, me hallaré en el lugar o en el momento equivocado? ¿Mi sueldo compensa la presión de este ambiente laboral severo, hostil, repleto de insultos, manotazos y vulgaridad, del cual ya estoy asqueado?
En octubre de aquel año —tras múltiples ensimismamientos— presenté mi renuncia. No tuve el suficiente valor para exponerle a la directora las verdaderas causas de mi decisión. Simplemente le dije que me iba a estudiar una maestría al extranjero.
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