Damián Neri
—¿Y el mosquito sabía clave Morse?
—Claro que sí, incluso escribí lo que me estaba diciendo —sacó una libreta, donde tenía algunas anotaciones bastante ilegibles—. Mira —le mostró sus apuntes.
En la libreta se leía, después de unos rayones de líneas horizontales y de puntos, lo siguiente: “En nombre de nuestra noble especie, que ustedes llaman mosquitos, deseamos con toda nuestra alma establecer una cooperación con su especie con el propósito de”, y el texto se interrumpía abruptamente.
—¿Eso es todo?
—Sí, eso es todo.
—Pero... ¿y qué pasó con el mosquito?
—Lo maté.
—¿Lo mataste?
—Lo maté.
—¿Cómo que lo mataste?
—Era molesto, zumbaba en mi oído y sentí que casi me picaba, y lo aplasté con la mano.
—¿Pero cómo eres tan...? Si en su mensaje te decía que tienen alma, ¡por el amor de Dios!
—Lo supe hasta después de que traduje lo que me dijo. Aparte a mi me dolió más el golpe, como estaba cerca de mi oreja me di ahí el manotazo. Mira —y ladeó la cabeza mostrando su oreja enrojecida.
—¿Y crees que sea el único?, porque habla de una especie entera, los mosquitos. Tal vez todos ellos posean una inteligencia de tipo humana. Nos querían dar a entender algo, querían cooperar con nosotros, no se me ocurre cómo pero querían cooperar.
—Es probable —se arrodilló buscando algo en los compartimentos bajos de la enorme alacena.
—¿Qué estás buscando? —y vio que sacó una lata de aerosol. El hombre comenzó a rociar el matainsectos en toda la casa—. ¡Qué!, ¡has enloquecido acaso!, ¿no has entendido nada?
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